La alegría del Evangelio en el Colegio y en la Familia

LA ALEGRÍA DEL EVANGELIO EN EL COLEGIO Y EN LA FAMILIA

Adaptación de la Evangelii Gaudium (La alegría del Evangelio) del Papa Francisco, en la que nos invita a “recuperar la frescura “ del Evangelio encontrando nuevos caminos para llevar a cabo nuestra misión. Interesante para trabajarlo en claustros y en el ámbito familiar.

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La alegría del Evangelio

La alegría del Evangelio es esa que nada ni nadie nos podrá quitar, la que se vive a lo grande en las pequeñas cosas, la de sentirnos infinitamente amados por Dios. Él nos permite levantar la cabeza y volver a empezar, con una ternura que nunca nos desilusiona.
El Evangelio nos invita siempre a correr el riesgo del encuentro con el rostro del otro, con su presencia física que interpela, con su dolor y sus reclamos, con su alegría que contagia. Jesucristo, en su hacerse hombre, nos invita a la revolución de la ternura.

Este camino pasa por aprender a encontrarse con los demás, con la actitud adecuada, que es valorarlos y aceptarlos como compañeros de camino y aprender a descubrir a Jesús en el rostro de los demás.
El corazón de Dios tiene un sitio preferencial para los pobres, tanto que Él mismo se hizo pobre. Estamos llamados a descubrir a Cristo en ellos, a prestarle nuestra voz en sus causas, pero también a ser sus amigos, a escucharlos, a interpretarlos y a recoger la misteriosa sabiduría que Dios quiere comunicarnos a través de ellos. Estamos llamados a cuidar a los más frágiles de la tierra.

Toda la vida de Jesús, su forma de tratar a los pobres, sus gestos, su coherencia, su generosidad cotidiana y sencilla, y finalmente su entrega total, todo es precioso y le habla a la propia vida. Cada vez que uno vuelve a descubrirlo, se convence de que eso mismo es lo que los demás necesitan ya que el Evangelio responde a las necesidades más profundas de las personas.
Para compartir la vida con la gente y entregarnos generosamente, necesitamos reconocer también que cada persona es digna de nuestra entrega. No por su aspecto físico, por sus capacidades, por su lenguaje, por su mentalidad o por las satisfacciones que nos brinde, sino porque es obra de Dios, criatura suya. Él la creó a su imagen y refleja algo de su gloria. Todo ser humano es objeto de la ternura infinita del Señor y Él mismo habita en su vida. Más allá de toda apariencia, cada uno es inmensamente sagrado y merece nuestro cariño y nuestra entrega. Por ello, si logro ayudar a una sola persona a vivir mejor, eso ya justifica la entrega de mi vida. Alcanzaremos la plenitud cuando el corazón se nos llene de rostros y de nombres.

El Evangelio nos relata que cuando los primeros discípulos salieron a predicar, “el Señor colaboraba con ellos”. Eso también sucede hoy, con nosotros. Se nos invita a descubrirlo, a vivir su resurrección que entraña una fuerza de vida. Así, donde parece que todo está muerto, comienza a brotar algo nuevo, vuelve a aparecer la vida, tozuda e invencible. Habrá muchas cosas negras, pero el bien siempre tiende a brotar y a difundirse. Cada día en el mundo renace la belleza.

No olvidemos este mensaje en los momentos de desánimo, en las experiencias de fracaso y en esas pequeñeces que tanto duelen. Todos sabemos que a veces una tarea no brinda las satisfacciones que desearíamos, los frutos son reducidos, los cambios son lentos y uno tiene la tentación de cansarse. Sin embargo, no es lo mismo cuando uno, por cansancio, baja momentáneamente los brazos que cuando los baja definitivamente dominado por un descontento crónico, por una desilusión que te seca el alma. En estos momentos creámonos el Evangelio que dice que el Reino de Dios ya está presente en el mundo y está desarrollándose aquí y allá, de diversas maneras, como la semilla pequeña, como la levadura…y que el Espíritu de Dios obra como quiere.

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Sigamos adelante, démoslo todo y dejémonos llevar por el Espíritu, permitiendo que Él nos ilumine, nos guíe, nos oriente y nos impulse.

Marina Azpitarte Pérez

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