CUENTO | El niño que pega – Cuentos con valores
En el pequeño pueblo de Valleverde, la escuela era un lugar lleno de risas y juegos. Los niños compartían historias, corrían por el patio y disfrutaban de cada recreo. Pero había un niño que, a pesar de estar rodeado de compañeros, parecía estar siempre solo. Su nombre era Samuel, pero todos lo conocían como «el niño que pega».
Samuel no siempre había sido así. Era un niño fuerte y enérgico, pero cuando algo no salía como él quería, su reacción inmediata era golpear. Si alguien tomaba un juguete que le gustaba, empujaba. Si perdía en un juego, soltaba un manotazo. Si algo lo frustraba, sus manos hablaban por él, convirtiendo su enojo en golpes.
Al principio, los demás niños intentaban jugar con él, pero poco a poco comenzaron a alejarse. Nadie quería ser el próximo en recibir un empujón o un golpe inesperado. Pronto, Samuel se encontró solo en los recreos, observando a los demás desde la distancia. No entendía por qué, pero cada día se sentía más triste.
Un día, llegó un nuevo maestro a la escuela. El señor Diego, un hombre joven y amable, con una sonrisa siempre presente en su rostro. Desde los primeros días, notó la soledad de Samuel y escuchó los murmullos de los demás niños llamándolo «el niño que pega». En lugar de apartarse, decidió acercarse y conocer su historia.
Una tarde, después de la clase, el señor Diego se sentó en una banca del patio, justo al lado de Samuel.
—Hola, Samuel —le dijo con voz tranquila—. He notado que no juegas mucho con los demás. ¿Te gustaría contarme por qué?
Samuel bajó la mirada, rascando el suelo con la punta del zapato.
—Siempre me dejan solo. Dicen que soy malo, pero yo no lo hago a propósito… solo me enojo y no sé qué hacer.
El maestro asintió con comprensión.
—¿Sabes, Samuel? Hay muchas formas de expresar lo que sentimos sin lastimar a los demás. A veces creemos que pegar nos ayuda a solucionar las cosas, pero en realidad solo nos aleja de quienes queremos tener cerca.
Samuel lo miró con curiosidad.
—¿Y qué puedo hacer?
El señor Diego sonrió y le contó una historia:
—Hace mucho tiempo, había un niño llamado Pablo. Al igual que tú, se enojaba con facilidad y usaba sus manos para mostrar su frustración. Pero un día, conoció a alguien que le enseñó una lección muy importante.
—¿A quién conoció? —preguntó Samuel, intrigado.
—A un viejo árbol en el parque del pueblo —dijo el maestro—. Pablo solía sentarse bajo sus ramas cuando estaba molesto. Un día, el árbol le habló con su voz pausada y sabia: «Pablo, ¿por qué siempre estás tan enojado?»
Pablo, sorprendido, miró al árbol y respondió: «Es que los demás niños me quitan mis cosas, no me dejan ganar y eso me hace sentir mal.»
El árbol, con paciencia infinita, le dijo: «Pegar a los demás no hará que te entiendan mejor, solo hará que se alejen de ti. Si quieres que te escuchen, usa tus palabras. En lugar de empujar, intenta decir cómo te sientes. Cuando compartes tus emociones con palabras en lugar de golpes, las personas te entienden y te ayudan.»
Pablo pensó en lo que el árbol le dijo y decidió intentarlo. Al principio, le costó mucho, pero cada vez que sentía el impulso de pegar, respiraba profundo y decía cómo se sentía. Con el tiempo, los otros niños comenzaron a escucharlo y a confiar en él. Ya no lo veían como alguien con quien debían cuidarse, sino como un amigo que sabía hablar desde el corazón.
El maestro miró a Samuel y le dijo:
—Tú también puedes intentarlo. La próxima vez que te sientas enojado, en lugar de pegar, respira hondo y di cómo te sientes. Verás que los demás te escucharán.
Samuel se quedó pensando en la historia del árbol y de Pablo. Quería intentarlo, pero no estaba seguro de si podía hacerlo.
Al día siguiente, ocurrió algo inesperado. Mientras jugaban al fútbol, un niño tropezó accidentalmente con Samuel, haciéndolo caer al suelo. En ese momento, sintió el impulso de empujar al otro niño, pero recordó la historia del árbol. Respiró hondo y, en lugar de pegar, dijo:
—¡Oye, eso me dolió y me hizo enojar!
El otro niño lo miró sorprendido.
—Lo siento, Samuel. No fue mi intención.
Samuel sintió algo extraño, una sensación nueva: en lugar de responder con un golpe, había hablado, y el otro niño lo había escuchado. Por primera vez en mucho tiempo, no se sentía rechazado, sino comprendido.
Los días pasaron, y Samuel siguió practicando. Algunas veces se olvidaba y levantaba la mano, pero recordaba las palabras del árbol y del señor Diego. Poco a poco, los otros niños notaron su esfuerzo y comenzaron a invitarlo a jugar.
Un día, uno de los compañeros se acercó y le dijo:
—Antes teníamos miedo de ti, pero ahora es más fácil jugar contigo.
Samuel sintió una gran felicidad. Por fin, ya no era «el niño que pega», sino el niño que hablaba desde el corazón.
El señor Diego lo observaba desde lejos y sonreía, sabiendo que Samuel había aprendido la lección más importante: la verdadera fuerza no está en los golpes, sino en el poder de las palabras y en la capacidad de cambiar para ser mejor.
Desde entonces, en la escuela de Valleverde, todos aprendieron que la paz empieza cuando decidimos hablar y escuchar, en lugar de reaccionar con violencia. Y Samuel, que alguna vez fue «el niño que pega», se convirtió en un ejemplo de que siempre podemos cambiar cuando nos damos la oportunidad de aprender algo nuevo.