Cómo educar el autocontrol

Educar el autocontrol

Cómo educar el autocontrol

El autocontrol es la capacidad de dirigir nuestra propia conducta en el modo deseado.

El niño en la Etapa de Educación Infantil no tiene desarrollado el autocontrol de su conducta. Esto es así por dos factores:

1. En un principio, el niño no es consciente de que debe controlarse.

2. Cuando adquiere esa consciencia, el autocontrol requiere de él tanto esfuerzo, que desiste de su intento.

El niño en edades tempranas actúa por impulsos, intentando satisfacer con inmediatez sus deseos. Es muy importante enseñarle a esperar. Tanto en casa como en el colegio, debemos ayudarle a controlar su impulsividad. Debemos lograr que sus acciones sean meditadas y que su conducta no responda a arrebatos, sino que sea voluntaria.

Maestros y padres tenemos la obligación de educar dando herramientas para ayudar a gestionar el autocontrol. El autocontrol es una destreza y como tal debemos entrenarla. El problema principal que nos vamos a encontrar es la falta de paciencia. Las personas en general y los niños en particular buscamos la gratificación inmediata, pero como no siempre es posible, debemos enseñar a manejar las emociones y entrenar en la virtud de la paciencia. Para ello recurriremos a la repetición, la imitación y al ensayo.

En Infantil, por ejemplo, es muy frecuente que nuestros alumnos no sepan esperar su turno de palabra e interrumpan constantemente la asamblea o la clase. Corregir esta actitud impaciente requiere un reiterado proceso de imitación y ensayo. En primer lugar, explicamos a nuestros alumnos, con mucho cariño, que todo lo que tengan que decirnos nos interesa y nos apetece escucharlo, pero que como somos tantos tenemos que organizarnos. Como dinámica de clase, les pedimos que piensen algo que quieran contarnos y tras un periodo corto, le pedimos a todos a la vez que lo digan. Permitimos con esta sencilla dinámica que compruben por ellos mismos que la comunicación no es posible, pero que si alzamos la mano y respetamos el turno de palabra, la conversación puede ser muy agradable, interesante y fluida. Imitamos, ensayamos y comprobamos a diario las consecuencuencias de nuestra paciencia o impaciencia y establecemos como norma que al que interrumpa, aunque nos apetezca mucho escucharlo, lo dejaremos para el último para que entrene su paciencia. Como la consecuencia siempre es la misma para la conducta que queremos corregir, los niños son capaces de interiorizarla.

Es fundamental establecer consecuencias específicas para cada comportamiento que queremos erradicar. De nada sirve que un día seamos muy estrictos si al siguiente somos permisivos con la conducta que pretendemos mejorar. De este modo, desorientamos y confundimos al niño. Si le digo al niño que no se puede botar la pelota en el salón, la pelota no se puede botar en el salón. Para ello le diré, por ejemplo: «Me encanta como juegas al fútbol. Eres todo un campeón. Estás practicando tanto que cada vez lo haces mejor. Seguiremos practicando en el parque tal día o tal otro, pero si chutas en el salón te quedas sin pelota por un día completo»
La consecuencia a la conducta de jugar con la pelota en el salón ya está establecida. Si nosotros la respetamos, el niño la respetará.

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